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lunes, 26 de noviembre de 2012

Contaminantes del Aire Interior (I)


En los países industrializados, mucha gente pasa, en promedio, el 9O% de su tiempo en espacios cerrados. No es de extrañar, por tanto, que se espere un ambiente confortable durante el trabajo, el tiempo de ocio o en el hogar, en contraste con las variables condiciones climáticas del exterior.
Durante los años setenta aparecieron algunas publicaciones que hacían referencia a una mayor incidencia de quejas por cefaleas, irritación de mucosas y sensación de fatiga entre trabajadores de grandes edificios de oficinas. Posteriormente, ya en la década de los ochenta, se observó que este problema era más frecuente en edificios herméticos y con sistemas centralizados de control de la ventilación/aire acondicionado.
La incidencia real del problema es desconocida, pero la OMS estima que afecta al 30 % de los edificios modernos y que causa molestias al 10-30 % de sus ocupantes.
La exposición a los contaminantes del aire interior puede producirse en ambientes interiores tanto privados como públicos, como casas, oficinas, escuelas y sistemas de transporte. 
Algunos contaminantes del aire interior proceden del exterior, pero la mayoría son sustancias que se liberan dentro del propio edificio, por ejemplo:
  • sustancias químicas que se liberan al limpiar o al quemar combustible para cocinar o producir calor. El mobiliario y los materiales de construcción también pueden emitir contaminantes. 
  • contaminantes microbianos trasmitidos por las personas a través de las vías respiratorias o bien a través de los bioaerosoles procedentes de animales domésticos (heces, plumas, pelos, piel…) que se resuspenden en el aire y pueden ser inhalados.
  • plagas, como los ácaros del polvo, las cucarachas y los ratones, son importantes fuentes interiores de alérgenos
Dado que el aire interior puede contener una mezcla de muchos contaminantes diferentes, es muy difícil determinar qué riesgos conlleva para la salud. Además, no existe un «ambiente interior típico». 


Se sabe que ciertos contaminantes químicos del aire pueden provocar irritaciones de nariz, garganta y ojos pero, sobre todo, que pueden ser origen de cáncer, trastornos pulmonares, daños renales y genotoxicidad. Sin embargo, para muchas de las sustancias químicas presentes en el aire interior falta información acerca de los efectos sobre la salud derivados de una exposición a largo plazo.
La contaminación microbiana del aire incluye cientos de especies de microorganismos, especialmente bacterias, hongos y algunos virus y está asociada a síntomas respiratorios, alergias, asma y reacciones inmunológicas por lo que tienen una considerable importancia biológica y económica.
Los microorganismos pueden ser transportados rápidamente, en forma de bioaerosoles, a través de grandes distancias con el movimiento del aire que representa el mejor camino de dispersión. El transporte se realiza sobre partículas de polvo, fragmentos de hojas secas, piel, fibras de la ropa, en gotas de agua o en gotas de saliva eliminadas al toser, estornudar o hablar.
Algunos microorganismos se encuentran en forma de células vegetativas, pero lo más frecuente son las formas esporuladas, ya que las esporas son metabólicamente menos activas y sobreviven mejor en la atmósfera porque soportan la desecación. Numerosos virus humanos se transmiten por vía respiratoria, principalmente en ambientes cerrados.
Las condiciones físico-químicas de la atmósfera no favorecen el crecimiento ni la supervivencia de los microorganismos por lo que la mayoría solo pueden sobrevivir en ella durante un breve período de tiempo. La supervivencia de las bacterias es muy variable y aunque muchas de ellas, como por ej. Salmonella, sólo sobreviven unos 10 minutos en aire seco, Mycobacterium puede sobrevivir hasta un mes y algunas especies esporuladas son capaces de sobrevivir años. Los virus son en general, más resistentes que las bacterias en las condiciones ambientales.
Sin embargo, las esporas tienen varias propiedades que contribuyen a su capacidad para sobrevivir en la atmósfera. Algunas esporas tienen paredes gruesas que las protegen de la desecación y otras son pigmentadas, lo que las ayuda contra las radiaciones ultravioleta. Su escasa densidad les permite permanecer suspendidas en el aire sin sedimentar. Algunas son muy ligeras e incluso contienen vacuolas de gas y otras tienen formas aerodinámicas que les permite viajar por la atmósfera. Además, las esporas se producen en número muy elevado y aunque muchas mueran en la atmósfera, el éxito de unas pocas asegura la supervivencia y dispersión de los microorganismos.
Aunque el aire que respiramos contiene microorganismos (se calcula que se inhalan al día una media de diez mil microorganismos), las personas sanas poseen eficaces mecanismos de defensa para evitar que invadan el aparato respiratorio. 
Sin embargo, el control de estas enfermedades es difícil porque los individuos que las padecen suelen seguir realizando sus actividades cotidianas y además, en algunas de ellas, no se dispone de agentes terapéuticos ni vacunas eficaces. Se caracterizan por su tendencia a causar epidemias (gripe), siendo mas frecuentes durante el otoño y el invierno, cuando las personas se reúnen en recintos cerrados. Los microorganismos causales se trasmiten por las secreciones de la nariz y la garganta y son diseminados por la tos, los estornudos y la conversación.
Una persona puede expulsar una media de 500 partículas en la tos y de 1.800 a 20.000 en un estornudo, de los cuales la mitad son menores de 10 μm. El tamaño de las partículas tiene una gran importancia, las más pequeñas penetran mejor y las más grandes tienen mayor supervivencia. La mayoría de los virus y muchas bacterias que causan infecciones respiratorias se encuentran en gotas grandes de 20 μm ya que si son pequeñas se evaporan y se inactivan por desecación.

Laboratorios Biotalde dispone de métodos para conocer los niveles de contaminación microbiológica del aire interior de las instalaciones.

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